90 minutos.
El juez cobra penal,
entonces comienza la batalla.
Los nenes de 15 años se agarran a trompadas.
Se pegan, se dan por los rostros, un poco se acarician.
Se rasguñan.
Nadie los puede parar.
Son pibes de River y de Boca jugando por jugar.
Patadas voladoras, entra el único cana
del estadio sin plateas ni populares.
Los familiares desesperan. Gritan.
La cámara de teve registra todo. De a poco
se separan. Todo concluye.
Los árbitros del match discuten, intercambian,
hablan, y deciden: todos afuera del campo de juego.
Hecho inédito.
Sólo dos quedan: el arquero bostero, el delantero gallina.
Nadie más que ellos dos.
La autoridad pita, carrera veloz, uno, dos, tres pasos;
ahí está, tira y es gol.
El pibito grita, se saca la casaca.
Festeja sólo.
Felicidad para unos;
tristeza para otros;
honor para ellos;
infamia para los otros.

Luthier

<<¿Cuándo se acaba lo que no tiene meta?>>
[Juan Villoro]

De camino por calle San Martín
me choco con el jujeño.
El juje anda con su bici de aquí para allá;
lleva al hombro su guitarra criolla
y un cavaquinho reparado.
El juje es luthier.
Quiero decir: te arranca los sonidos.
Jujeño mira el libro de mi mano
y pregunta.
Es Villoro, un mexicano, le cuento.
Le di varios apuntes de la trama,
aunque faltó un detalle:
su protagonista busca las pisadas
de un poeta memorable.

Fantástico fútbol

Sé de mi parecido con
el sueco Zlatan Ibraimovich.
Tacos, caños, pisadas, sombreros,
cabezazos, bicicletas, calesitas y rabonas.
Ese nene baila como nadie lo hace.
Poco me importa lo abyecto
del maravilloso fútbol.

Casacas de fóbal

Compradas en once
y revendidas en Paraná,
las casacas de fóbal
van apareciendo
en los cuerpos de los vagos.
Por acá la del Valencia,
por allá la de Roma
y ahora la de Croacia.
Falta alguna del Barsa
y estamos listos.

Mujer policía

Fue la mujer policía más bonita
que vi en mi vida.
A pesar de sus ropas, oscuros atuendos,
ella estaba tentadora.
Su pose de leona en celos
atrapaba al más despistado de los hombres.
Y lo más glorioso de todo:
¡No llevaba arma!
Una policía pacífica y sensual.

Uruguayita. Romancero pop [Fragmento]

I
Así que el famoso Juanele
es el rey del poema-río.
Eso dicen al menos
las malas lenguas.
Entonces ahora leerán
al príncipe del poema-río Uruguay.
Si don Laurentino contó
las mil y una historias del Paraná,
quien te escribe estos versos,
bella dama, apuesto caballero,
te llevará por las cristalinas
aguas yoruguas.
Ay celeste cauce
celeste cielo
costa celeste.
Qué lindo es escribirte
mientras sabés que tu chichi amada
espera una lluvia de tí.

(continuará)

Dedicatorias

(a Mariano)

Uno.
Hace algunos años, no sé bien, escribí una nota de fútbol sobre Enzo Francescoli. De pequeño, con afectó, admiré las artes del jugador uruguayo y mucho lloré por él. Ahora, de grande, sólo quedan los recuerdos: cómo lo soñé, cuánto lo busqué en mis fantasías, por qué escarbé mi imaginación para recrear sus goles y miradas.

Dos.
La nota periodística iba a ser publicada en una revista de Santa Fe. Con cariño y estima escribí cada palabra, cada oración, todos los párrafos. La idea de redactar notas para un periódico de tirada mensual era, sobre todas las cosas, una tarea hermosa. Más allá de estar de acuerdo -o no- con los contenidos de la publicación, sus formas, ideas y modos, la misión me entusiasmaba, alteraba los días y predisponía mi subjetividad pasionalmente para entender las rarezas del fútbol.

Tres.
Si voy más allá de todo, ahora me estoy creyendo la idea que los textos escritos no tenían otro objetivo que seguir conquistando a la mujer bañada del sol moreno. Algo de rédito me devolvieron esos escritos de prensa y de poesía, si recuerdo los cariños dados por ella.

Cuatro.
Hasta el día en cuestión, los envíos de cada nota no sufrían acontecimientos extraordinarios (salvo algunas repercusiones: lecturas en radios, en escuelas, en facultades, impresiones caseras de algún escritor admirado por mi ilusión).

Cinco.
El hecho puntual me dio tristeza sobre cualquier posibilidad de ira, rabia y ganas de insultar. El editor del periódico, cuyo nombre (ni del editor ni del periódico) mencionaré aquí, suprimió con poca finura la dedicatoria escrita por mí.
—En la revista no ponemos dedicatorias –me comunicó, con poco amor, el dueño del periódico.

Seis.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué planeta está el altruismo que profesas? ¿Qué nombre tiene tu solidaridad? ¿Qué rostro cobra tu fraternidad?

Siete.
La dedicatoria del texto estaba dirigida a mi hermanito del alma Mariano. Con él aprendimos a ser muchos al mismo tiempo. El fútbol nos enseño, a los dos, todo aquello que la vida puede engendrar. Con el juego de la pelota supimos parir gestos de hermanos sin tener la misma madre. Nos enteramos de los olores del pasto y la dureza de la tierra. Los goles nos acercaron al sol y a las estrellas y nos hizo nacer, y luego volar.

De eso se trata

Hace dos días
soñé con una mujer que no conozco.
Ayer también se me apareció
otra que nunca vi.
Creo, antes, eso no me había sucedido.
No sé qué carajo es el amor
ni qué mierda es la maldita poesía.

Todos los escritores

Soy un pelotudo, a diario -por ahora- leo estos sujetos, vivos y muertos:
Sergio Bizzio, Truman Capote, Juan Gelman, Washington Cucurto, Rodolfo Fogwill, Juan Villoro, Ambrose Bierce, Carlos Fuentes, Dani Umpi.

Dudas

Cuando estoy malo,
los vientos finos
aceleran las noches
de sueño
y me paran frente
a una morocha.
Ella me hace dudar de la poesía.
¿Dónde está?
¿En los ojos hondos?
¿En los pelos de sombra?